Usted está aquí: Inicio / 2014 / Agosto / Gabriel Rabinovich: “En ciencia es muy importante equivocarse”

Gabriel Rabinovich: “En ciencia es muy importante equivocarse”

El científico argentino, reconocido mundialmente por sus aportes al estudio y tratamiento del cáncer, asegura que los desaciertos durante la investigación son tan necesarios como los aciertos. En diálogo con UNCiencia, señala que los mejores resultados se obtienen recogiendo los talentos individuales del trabajo en equipo, y dentro del sector público. Además, destaca que en la última década se logró la jerarquización de la ciencia en el país y reclama continuidad en las políticas públicas implementadas hasta ahora. [07.08.2014]

Acciones de Documento
Gino Maffini
Por Gino Maffini
Redacción UNCiencia
Prosecretaría de Comunicación Institucional
gmaffini@comunicacion.unc.edu.ar

Actualmente, el cáncer ya no es la mala palabra que representaba hasta hace un tiempo. Gracias a los avances y desarrollos científicos, ha dejado de ser considerada necesariamente una enfermedad mortal y hoy se puede hablar de “cronificación de los procesos tumorales”. Así opina el científico Gabriel Rabinovich, para quien, sin dudas, ésta será la era de la cura del cáncer.

“Nos estamos acostando con el enemigo, estamos conociéndolo íntimamente”, afirma y agrega que ello permite saber cuáles son cada uno de sus flancos débiles para poder atacarlos. “Antes, el tumor era como un enemigo que vivía en un castillo alejado al que tratábamos de eliminar con una batería de proyectiles como la quimioterapia, pero también se dañaban tejidos sanos. Hoy estamos confeccionando armas mucho más sofisticadas”.  

Rabinovich tiene motivos para ser tan optimista. Este científico de 45 años que cursó la carrera de Bioquímica en la Universidad Nacional de Córdoba y realizó casi todo su trabajo de investigación básica en Argentina, desarrolló -junto a su equipo- un tratamiento que podría ayudar a detener el cáncer. La llave maestra de su avance es la Galectina 1, una proteína presente en los tumores cancerígenos. Su acción es letal: inhibe el sistema inmune (nuestra defensa ante los ataques externos) y facilita el crecimiento y la propagación del tumor. 

¿El desarrollo de un tratamiento para cercar el cáncer fue un objetivo que siempre tuvo claro, o fue surgiendo en el camino? 
Al terminar la secundaria no sabía qué iba a estudiar. Me gustaban las ciencias de la salud y también la investigación, a la que siempre la tuve ahí, muy alto, pero pensaba que jamás iba a poder hacerla. Finalmente, y contra las expectativas de mi padre que tenía una farmacia, estudié Bioquímica. Al final de la carrera elegí cursar en el Laboratorio de Inmunología del Cáncer, pero llegué tarde, como siempre, y no había lugar. Entonces me ofrecieron trabajar en otro laboratorio, sobre la retina del pollo, algo que me pareció aburridísimo, pero fue ahí donde conocí a mi primer mentor, Carlos Landa, quien fue muy importante en mi carrera, ya que gracias a él pudimos identificar la proteína Galectina 1.

¿Y qué tenía que ver la retina del pollo con el cáncer?
Nada (risas). Lo que yo hacía era separar distintas capas de la retina del pollo, aislar proteínas e inyectarlas en conejos para que produzcan anticuerpos que reconozcan esas proteínas. Eso no tenía nada que ver con el cáncer. Después, Landa tuvo que abandonar la ciencia por motivos personales, pero me permitió llevarme los tubitos con anticuerpos que yo había generado en conejos. Los guardé en el freezer de la casa de mis padres, mientras yo decidía qué hacer de mi vida. Me fui a hacer un curso a Israel, hasta que me dijeron que podría haber lugar para hacer investigación en inmunología, en la cátedra de Clelia Riera. Entré y estuve un año investigando sin ningún resultado hasta que un día me acordé de esos tubitos que había dejado en lo de mis padres -todavía los tenían en el freezer-, y empezamos a buscar si en el sistema inmunológico esos anticuerpos reconocían alguna estructura. Una noche encontramos una proteína, una banda muy nítida, no sabíamos qué era y la llevamos a secuenciar a Buenos Aires. Resultó ser esta nueva proteína que nos cambió la vida.

Usted es la prueba de que es posible hacer ciencia de punta en el sistema público nacional con resultados reconocidos a nivel mundial, ¿Qué ventajas destaca de la formación y la ciencia, públicas? 
No concibo otra forma de hacer ciencia que no sea dentro del ámbito público. Soy un claro fruto de la universidad pública, gratuita, laica y sin discriminación. Creo que eso es lo que nos da la única posibilidad de generar una investigación abierta, sin ninguna contaminación religiosa ni política que pueda sesgar el tipo de investigación que uno hace. Esa libertad me permitió crear.

¿Y qué cosas considera se podrían mejorar?
Algunas dependen de los gobiernos y otras de los propios investigadores, quienes deben tener autocrítica porque es la mejor forma de crecer. Hay muchas cosas pendientes, como por ejemplo, frecuentemente no podemos competir internacionalmente por no tener reactivos para trabajar a la orden del día. Estados Unidos y Europa, trabajan un tema parecido al nuestro, pero cuentan con el anticuerpo que necesitan inmediatamente. Nosotros tenemos que lidiar con la burocracia de la aduana y esperar que las compañías establecidas en el país hagan el pedido. El producto puede tardar hasta dos meses en llegar. Con esos tiempos seguramente vamos a quedar atrás en la competencia. 

¿Qué tan competitiva es la ciencia que se hace en el país, en términos de calidad de los investigadores y de la investigación que se produce? 
Creo que en los últimos años existieron cambios reales y mejoras importantes. Esto se ve claramente en que muchos grupos de investigación han podido publicar en las tres revistas internacionales de mayor prestigio, Nature, Cell, Science, que son las que manejan la opinión científica. Muchos han podido generar patentes de su trabajo y cuidar la propiedad intelectual, una deuda que existía. Estados Unidos se robaba la propiedad intelectual porque no tenían patente. Además, todo el proceso de patentamiento era muy lento y complicado. Ahora, con la Dirección de Vinculación Tecnológica Nacional se facilita aun más todo. Por eso, lo que pedimos es continuidad en las políticas científicas. Tenemos miedo de haber apostado todo al desarrollo en el país y que, si cambia el gobierno, no haya continuidad.
En cuanto a la calidad de nuestros recursos humanos, realmente están formados en universidades muy sólidas y con una capacidad de trabajo importante, lo que se verifica cuando se van al exterior y son exitosos. Hay una masa crítica en el país que tiene muchas ganas de hacer cosas interesantes, de responder a enfermedades de origen local que nos afectan directamente. 

Si tuviera que destacar algunos aciertos de la política científica nacional de la última década, ¿cuáles mencionaría? 
Lo más importante fue lograr la jerarquización de la ciencia y popularizarla. La gente habla de ciencia en el colectivo, el taxi o el almacén, y ha tomado conciencia de que la inversión científica no es un gasto público sino una inversión. Además, hubo un apoyo económico importante que se tradujo en subsidios y mejores condiciones en general. 

En diferentes oportunidades se refirió a la necesaria relación que debe existir entre el sistema científico público nacional y las empresas privadas. ¿Cómo ve al país en esa articulación?  
Muy precaria, si se la compara con países como Estados Unidos, donde hay una tradición importante de fundaciones y empresas privadas que apoyan proyectos de investigación que, vislumbran, tendrán éxito en el  futuro. Acá, esta tradición estuvo muy separada, quizás porque durante un buen tiempo hubo una elite científica para la cual vincularse con el sector productivo era mala palabra. Hoy sabemos sin ninguna duda que la investigación básica tiene que estar ligada con la empresa privada.

Ciencia fallida

Hace unos meses, la Argentina intentó, sin éxito, hacer volar un cohete (el Tronador II)  que nos permitiría colocar satélites en órbita. El intento fallido recibió numerosas críticas y, para muchos, fue considerado un fracaso. Para Rabinovich, el episodio es habitual dentro del campo científico, donde las fallas tienen tanto valor como los aciertos y éxitos. “En ciencia es muy importante equivocarse”, asegura sin titubeos, y agrega que son los resultados negativos y los intentos fallidos los que generan éxitos, porque permiten cambiar de rumbo. 

Desde su experiencia personal como científico ¿qué valor tiene una prueba frustrada? 
Es fundamental. Si yo no hubiese estado un año entero sin que me saliera mi proyecto de investigación, quizás no hubiera pensado en los tubos que estaban en el freezer de la casa de mis viejos, y hubiera seguido con un proyecto que terminaría en una tesis doctoral intermedia, sin vuelo. Tuve muchas críticas, pero hay que creer en uno mismo y buscar caminos nuevos. En esa tarea, las crisis y los fracasos son fundamentales. Si uno los toma con el mismo temple que a los éxitos, pueden llegar a marcarte el camino.

Con los avances y desarrollos actuales, ¿qué posibilidades reales existen de encontrar una cura para el cáncer? 
Creo que hoy tenemos que hablar de cronificación de la enfermedad. Se va a poder potenciar la respuesta inmunológica para que mantenga a raya el tumor y evite que siga creciendo. Y cuando sea pequeño, poder sacarlo con cirugía o bloquearle la formación de vasos sanguíneos para que no permitan el paso de oxigeno y nutrientes. Hay muchos flancos por donde atacar que estamos conociendo. Soy muy optimista en eso.

Al momento de reflexionar sobre su trabajo, Rabinovich reconoce que no todas fueron alegrías, y que vive “de manera angustiante” el peso de las expectativas de la gente sobre la posibilidad de que sus descubrimientos se conviertan en una solución para el cáncer. “He tratado, a través de los medios de comunicación, que no se generen falsas expectativas. Se descubrió un nuevo mecanismo que representa una herramienta importante, pero todavía falta por caminar. Somos optimistas pero hay que ser muy cautos”, advierte. No obstante, admite que su sueño es “poder ver en una farmacia las drogas surgidas de nuestro trabajo”. 

El bioquímico comenta que recibió más de tres mil mails de pacientes, familiares y padres desesperados por sus hijos, a los cuales ha respondido individualmente con un mensaje de esperanza. “Hoy, el cáncer no es la mala palabra que era hace un tiempo, y dentro de algunos años ya no va ser un problema”, afirma.